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<subject>Rese&#x00F1;as de libros</subject>
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<article-title>López Baralt, Luce. <italic>Una alegr&#x00ED;a en voz alta: mi correspondencia con Jorge Guill&#x00E9;n (1964-1982)</italic>. Madrid: Editorial Trotta, 2024, 288 pp.</article-title>
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    <surname>Gracia Gaspar</surname>
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    <p><italic>Una alegr&#x00ED;a en voz alta</italic> comienza aludiendo a la sostenida irregularidad epistolar de Jorge Guill&#x00E9;n, que no le impidi&#x00F3; deber su voz a la <italic>scholar</italic> protagonista de la correspondencia ahora publicada en Trotta: Luce L&#x00F3;pez-Baralt, quien encarna el valor de las personas en el tiempo. Alumna del autor de <italic>Aire nuestro</italic> en la Universidad de Puerto Rico, atesora unos apuntes que, pese a tener veinte años de edad, elabor&#x00F3; comprendiendo su futura transcendencia: &#x00AB;Siempre copiaba con pormenor todos los comentarios personales del poeta&#x00BB; (12). Con él entablaría una larga amistad que la sitúa al otro lado de la página, tras medio siglo de labor en el hispanismo internacional. Aquel curso, como luego manifestar&#x00ED;a a su maestro, ser&#x00ED;a pues &#x00AB;una de las experiencias m&#x00E1;s decisivas en mi vida&#x00BB; (54).</p>
    <p>Lo corroboran sus misivas con el autor, a las que se suman las de su esposo Arturo Echavarr&#x00ED;a &#x2013;&#x00AB;Echevarr&#x00ED;a&#x00BB; para Guillén y su esposa&#x2013;, Mercedes L&#x00F3;pez-Baralt, Irene y Teresa Guill&#x00E9;n, más una de Stephen Gilman y dos postales colectivas. El especial valor de tal corpus reside en su singularidad, en mostrar a un Jorge Guill&#x00E9;n confidencial, transparente; por igual, en el inter&#x00E9;s biogr&#x00E1;fico e intelectual que suscita Luce López-Baralt, quien exhumando y estudiando estos materiales, desanda sus pasos entre 1964 y 1982, dilatados hasta 2002 por las cartas con Irene Mochi-Sismondi.</p>
    <p>A <italic>priori</italic>, resaltan las variadas direcciones postales, que anticipan la pluralidad de la correspondencia: Cambridge (MA), París, Roma, Málaga, Florencia, Beirut o La Jolla (CA). A este detalle se unen los de las sesenta y seis notas al pie del prólogo, que fundan otro enjundioso hilo narrativo: la sexta, por ejemplo, desarrolla la peculiar matriculación de López-Baralt (12) en el transcendental curso de 1964, dada su edad. En ellas, a la par, suelen incluirse las muestras de los citados apuntes universitarios, los cuales descubren al cálido Guillén docente. Este, al verse obligado a analizar su obra «a petición del público», bromea ante los estudiantes: «Es el poeta que mejor conozco, pero no lo explicaré» (24).</p>
    <p>Más allá de las anotaciones marginales, solo tales en cuanto a su posición en las páginas, la introducción de la investigadora destaca por sus apreciaciones: «[El epistolario] se lee como una autobiografía no solo intelectual y académica sino, sobre todo, emocional. Don Jorge […] fue una figura paradigmática en mi vida» (19). ¿Uno de los motivos? Su júbilo, «tan contagioso como aleccionador» (20), y que previene cómo el amor adquiere gran relevancia en las misivas. Así, Guillén suele incidir en este sentimiento, incentivándolo entre Echavarría y López-Baralt, quien apunta: «Hay que decirlo: Guillén era un casamentero» (32). No por casualidad, se desempeñó como su guía en la materia: «Admito cómo crecí, gracias a su sanísima “terapia” de tantos años, hacia el amor vivido en plenitud gozosa» (36).</p>
    <p>Desde la perspectiva de Luce López-Baralt, este sentir también cobra particular relevancia, como confiesa a su amigo y viejo profesor: «Soy tan feliz que no sé cómo expresarlo. Verdaderamente, amar es lo más grande de la vida» (98). Las páginas de su boda con Echavarría son especialmente emotivas, atestiguando lo privado y cercano de los escritos. La caja de plata regalada por el poeta, aquel 21 de mayo de 1972, con la inscripción <italic>Ardua tendo</italic>, «hoy, ya viuda, la conservo como un tesoro, pues representa la alegría vital que compartimos con Guillén» (35). El lector asiste, después, al relato de los primeros días en su nuevo hogar frente a «El Contemplado», donde la escritora todavía reside: «El piso es hermosísimo. Está frente a un mar que a menudo –a pesar de haber nacido frente a él– me emboba. Aún me resulta difícil pensar que lo estaré contemplando toda mi vida» (114), confiesa al autor de <italic>Cántico</italic>.</p>
    <p>Frente a esta plenitud, resulta conmovedora la evocaci&#x00F3;n de un Jorge Guill&#x00E9;n que, reci&#x00E9;n viudo, debe aprender a cocinar (21). Como una lectora m&#x00E1;s, su interlocutora razona: &#x00AB;El inmenso poeta tambi&#x00E9;n se ocupaba de los detalles pr&#x00E1;cticos&#x00BB; (22). As&#x00ED;, sucesivos recuerdos se engarzan humanizando al hombre tras la pluma, a saber: &#x00AB;Fui un ni&#x00F1;o dichoso, (quiero decir, bastante dichoso)&#x00BB; (97); &#x00AB;Hace quince d&#x00ED;as se llev&#x00F3; a cabo admirablemente la operaci&#x00F3;n de cataratas&#x00BB; (120-21), o &#x00AB;pienso en mis hijos y soy feliz. &#x00A1;Me han salido muy buenos!, repito y me repito&#x00BB; (182).</p>
    <p>Los apelativos afectuosos que el vate dedica a L&#x00F3;pez-Baralt &#x00AB;estaban reservados para cari&#x00F1;os filiales: jam&#x00E1;s los us&#x00F3; para sus amigos poetas&#x00BB; (13). Acerca de esta confianza, su amiga apunta que &#x00AB;quiz&#x00E1; Guill&#x00E9;n fue m&#x00E1;s expansivo conmigo justamente por eso: era una muchacha que no le representaba formalidad alguna&#x00BB; (18), sinti&#x00E9;ndose &#x00AB;libre de toda ret&#x00F3;rica y aun del posible miedo a la futura publicaci&#x00F3;n de nuestra correspondencia&#x00BB; (19), como no le suceder&#x00ED;a al escribirse otrora, por ejemplo, con Pedro Salinas.</p>
    <p>El aprecio mutuo, sostenido en el tiempo, se prueba de modo reiterado: &#x00AB;Mi querida Luce in-ol-vi-da-ble&#x00BB; (89); &#x00AB;[usted] naci&#x00F3; encantadora&#x00BB; (96); &#x00AB;[posee] el <italic>sense of humor</italic> que acompa&#x00F1;a a la verdadera inteligencia&#x00BB; (101-102); &#x00AB;una carta de Luce es siempre un mensaje de entusiasmo, de amistad, de persistencia diligente en una b&#x00FA;squeda&#x00BB; (139), o &#x00AB;nos la comer&#x00ED;amos a besos&#x00BB; (146). No en vano, ella puntualiza c&#x00F3;mo le ped&#x00ED;a &#x00AB;que no olvidara escribirle&#x00BB; (18).</p>
    <p>En aspectos funcionales, la investigadora asimismo cobra relevancia al contribuir a indagaciones archiv&#x00ED;sticas de Guill&#x00E9;n, v&#x00E9;ase la de los ejemplares machadianos en la Sala Zenobia y Juan Ram&#x00F3;n de la Universidad de Puerto Rico (155). Previamente, se a&#x00F1;adi&#x00F3; que pudo hacerle part&#x00ED;cipe del panorama literario espa&#x00F1;ol, con motivo de sus estudios en Madrid. Una situaci&#x00F3;n que L&#x00F3;pez-Baralt verbaliza sosteniendo que &#x00AB;me convirti&#x00F3; en su inesperada ventana (&#x00BF;o &#x201C;agente encubierto&#x201D;?)&#x00BB; (24) a la que asomarse desde el exilio. Pese a no mostrar inter&#x00E9;s expreso por la pol&#x00ED;tica espa&#x00F1;ola, de modo reiterado: que &#x00AB;a don Jorge le importaba sobre todo saber c&#x00F3;mo se recib&#x00ED;a su obra en su pa&#x00ED;s&#x00BB; (24).</p>
    <p>En Madrid, a su vez, se testimonia el acercamiento de la estudiosa a Juan Luis Panero &#x2013;&#x00AB;poeta indudable&#x00BB; para Guill&#x00E9;n (79)&#x2013;, Gerardo Diego, Hierro, Aleixandre, Bouso&#x00F1;o, Celaya, Sastre (26), Gull&#x00F3;n, o Eulalia Galvarriato o D&#x00E1;maso Alonso. Con este &#x00FA;ltimo, &#x00AB;figura tutelar&#x00BB; en sus a&#x00F1;os en la capital, L&#x00F3;pez-Baralt aporta una reveladora an&#x00E9;cdota en el Ministerio de Educaci&#x00F3;n (62). M&#x00E1;s tarde, la autora estudia en Beirut, llegando a relacionarse con Ahmad Chalabi veinte a&#x00F1;os antes de ser conocido globalmente (83), y acudiendo a un remoto pueblo con fines de investigaci&#x00F3;n (82), lo cual conduce a su rigor cr&#x00ED;tico.</p>
<p>En este sentido, la interlocutora de Guill&#x00E9;n ahonda en lo que suponen unas y otras formas de despedida del poeta (14), haciendo hincapi&#x00E9; en las caligraf&#x00ED;as (15 y 48). Por igual, se revela la preservaci&#x00F3;n de unos libros remitidos por Alonso hace medio siglo, &#x00AB;material hoy hist&#x00F3;rico&#x00BB; (54), y la estudiosa especifica, tras definir los claroscuros del corpus, que recuerda &#x00AB;de memoria&#x00BB; (17) el contenido de algunas misivas perdidas. Hierro se sorprender&#x00ED;a por esta minuciosidad, tras guardar durante dos decenios unos in&#x00E9;ditos del poeta: &#x00AB;Se asombr&#x00F3;, pues no recordaba su existencia&#x00BB; (63).</p>
    <p>Como uno de nuestros epistol&#x00F3;grafos m&#x00E1;s sobresalientes, Guill&#x00E9;n hace gala de un l&#x00FA;cido sentido del humor: &#x00AB;Aprovecho la ocasi&#x00F3;n para expresar las ganas que tengo, Arturo, de leer su estudio sobre Borges. &#x00A1;Venga, venga! (Tengo 88 a&#x00F1;itos)&#x00BB; (179). Llegados a este punto, no obstante, su lucidez disminuye: &#x00AB;Ya no escribe, apenas lee y est&#x00E1; siempre muy muy cansado&#x00BB; (237), advierte su esposa; &#x00AB;est&#x00E1; f&#x00ED;sicamente muy desmejorado: falto de dientes, encorvado&#x00BB; (267), relata su yerno. La &#x00FA;ltima carta del poeta es de 1982 (190). Tras ella, se acelera el ocaso del &#x00AB;viej&#x00ED;simo Jorge&#x00BB;, concluyendo la correspondencia entre él vate y L&#x00F3;pez-Baralt con dos repentinos y emotivos telegramas. Estos, por su idiosincrasia comunicativa, plasman <italic>per se</italic> la urgencia propia del &#x00FA;ltimo crep&#x00FA;sculo, dotando de pulso narrativo al fin de la correspondencia.</p>
    <p>Destaca que, en lugar de ser intercaladas, las fotograf&#x00ED;as figuren al t&#x00E9;rmino del libro: tras (re)descubrir las vidas de sus protagonistas, el lector puede verles cobrar forma en instantes a menudo narrados en las cartas (v&#x00E9;ase a Guill&#x00E9;n declamando su d&#x00E9;cima &#x00AB;Las doce en el reloj&#x00BB; en la boda de su amiga, tambi&#x00E9;n cubierta del libro). En sendas cartas de 1986, 1989 y 1999, la viuda del poeta reafirmar&#x00E1; la notabilidad que la tierra de L&#x00F3;pez-Baralt alcanz&#x00F3; en su familia: &#x00AB;Fui tan feliz en Puerto Rico que me ser&#x00ED;a imposible volver ahora&#x00BB; (239); &#x00AB;Vuestro nombre es el vivo lazo que me tiene todav&#x00ED;a unida a la tanta y tanta lejana felicidad de Puerto Rico&#x00BB; (243); &#x00AB;En vuestra isla fuimos felices&#x00BB; (253). En la &#x00FA;ltima carta, fechada en octubre de 2002, le pregunta desde Marbella: &#x00AB;&#x00BF;Volveremos a vernos un d&#x00ED;a los tres?&#x00BB; (255). <italic>Una alegr&#x00ED;a en voz alta</italic>, que reúne a todos ellos, permite responder afirmativamente.</p>
    <p>Para conformar la obra, Luce L&#x00F3;pez-Baralt dispone de una ingente cantidad de informaci&#x00F3;n, de un mar de fechas y pormenores que constituyen un reto acad&#x00E9;mico. Con lucidez, la autora convierte esta complejidad en un t&#x00ED;tulo aquilatado, met&#x00F3;dico y n&#x00ED;tido. En esta l&#x00ED;nea guilleniana, le animamos a editar su libreta de apuntes (cual <italic>El modernismo. Notas de un curso</italic>, de Juan Ramón Jiménez, <italic>Borges profesor</italic> o <italic>El Quijote de Wellesley</italic>, de Javier Marías), tomando prestado el inter&#x00E9;s de su insigne docente en 1967 por los que elabor&#x00F3; en Madrid: &#x00AB;&#x00A1;Cu&#x00E1;nto me gustar&#x00ED;a cometer la indiscreci&#x00F3;n de leer sus apuntes!&#x00BB; (68), as&#x00ED; como el que la misma L&#x00F3;pez-Baralt le manifiesta por sus docentes Hierro y Bouso&#x00F1;o: &#x00AB;Resulta muy interesante lo que estos poetas-profesores tienen que decir de sus compa&#x00F1;eros de profesi&#x00F3;n&#x00BB; (62).</p>
    <p>He aqu&#x00ED;, pues, un Jorge Guill&#x00E9;n &#x00ED;ntimo, personal; un ilustre de nuestras letras desentra&#x00F1;ado de modo privilegiado y minucioso por su apreciada Luce L&#x00F3;pez-Baralt; una historia de amistad en forma de correspondencia que perdurar&#x00E1; en los estudios literarios hisp&#x00E1;nicos: &#x00AB;La vida me dio un c&#x00F3;mplice extraordinario&#x00BB; (32), reflexiona nuestra <italic>scholar</italic>, pues &#x00AB;las cartas de mi inmenso amigo [acaso &#x00AB;el m&#x00E1;s viejo de sus amigos&#x00BB; (151), como &#x00E9;l escribe] fueron siempre una alegr&#x00ED;a en voz alta&#x00BB; (37).</p>
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